top of page

Una cartografía de sombras:

encuentros literarios entre padre e hijo

(reseña de Dos cuentos de Francisco Proaño Arandi)

Marcelo Báez Meza

 

En el universo de las ediciones de bolsillo, pocas veces encontramos un objeto tan cuidadosamente concebido como esta reedición de Dos cuentos de Francisco Proaño Arandi. La plaqueta rescata dos prosas breves originalmente publicadas en Historias del país fingido (2003), dedicadas a las figuras señeras de Kafka y Borges, pero su verdadero valor reside en la transformación que experimenta al convertirse en un diálogo visual entre generaciones.

El gran acierto de esta edición radica en la incorporación de los dibujos de Ernesto Proaño Vinueza, hijo del autor, cuyas ilustraciones en blanco y negro no se limitan a acompañar el texto, sino que establecen una conversación sombría y profunda con las prosas paternas. Los trazos del ilustrador crean una atmósfera de penumbra que envuelve las palabras, como si las figuras de Kafka y Borges emergieran de las sombras de la página para materializarse en tinta.

Las ilustraciones de Proaño Vinueza poseen una cualidad radiográfica que resulta particularmente epifánica. Sus representaciones del checo y del argentino parecen mostrar no solo los rostros de estos gigantes literarios, sino su estructura ósea, su esencia más íntima. La ballena blanca de Melville, el capitán Ahab, la cartografía de la ciudad amada: cada figura emerge del papel couché con la densidad de las sombras que habitan los cuentos del padre.

Esta obra funciona como una especie de carta visual al progenitor. Si Francisco Proaño Arandi rinde un doble homenaje a Borges y Kafka en sus prosas, Ernesto le devuelve el gesto con un homenaje visual que trasciende la mera ilustración. Como sugiere la propia obra: «En algún lugar de la ciudad Borges y Kafka o sus emisarios —para el caso es lo mismo— deberán encontrarse». El hijo, brillante ilustrador, parece responder con sus sombras de tinta: «En algún lugar de este libro, yo me encontraré no solo con mi padre sino también con los padres literarios de mi progenitor».

El prólogo de Galo Galarza, igualmente breve, funciona como otra joya por derecho propio, estableciendo el tono preciso para adentrarse en esta antología mínima —nunca mejor aplicado el término— donde cada elemento cuenta, donde cada trazo y cada palabra han sido pesados con precisión metalúrgica.

Dos cuentos se revela así como un mini-libro de artistas en el sentido más puro del término: una obra donde la colaboración entre padre e hijo trasciende lo familiar para convertirse en un ejercicio de transmisión cultural. Aquí se establece una cadena de ascendientes y descendientes literarios que desafía las nociones tradicionales de influencia y homenaje.

En una época donde el parricidio literario se ha vuelto casi un lugar común, esta obra propone algo diferente. Debería existir, de hecho, una palabra nueva como antónimo de parricidio literario. Propongo «borgilogio»: el acto de honrar y continuar la tradición literaria de los mayores, no para superarlos destructivamente, sino para amplificar su voz a través de nuevos lenguajes. Esto es precisamente lo que logra esta colaboración entre Francisco y Ernesto Proaño: un borgilogio visual donde las sombras del hijo iluminan las palabras del padre, y donde ambos se encuentran en el territorio común de la creación. (2025)

bottom of page