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La otra búsqueda de la ballena blanca

Sobre Dos cuentos, de Francisco Proaño Arandi y Ernesto Proaño Vinueza

Cristina Burneo Salazar

 

Me alegra acompañarles a presentar Dos cuentos hoy por lo poderosa y relevante que encuentro la colaboración entre Ernesto y Francisco. Habitamos lugares distintos en la Literatura, a veces, en apariencia, distantes. Por eso me alienta constatar que en el mundo en que vivimos hoy es posible acercar los lugares estéticos y políticos desde los cuales trabajamos.

Los dos cuentos que aparecen en el libro, «Borges y Kafka» y «Ahab en la ciudad», ya habían aparecido en 2003 en el volumen Historias del país fingido, de Francisco. Ahora vuelven a circular en este libro-objeto en colaboración con Ernesto. Es ciertamente impactante ver cómo un texto, al ser intervenido por otros lenguajes, cobra otros sentidos, o se lee, como en este libro en particular, a modo de fragmentos, escritura visual y, en ocasiones, las palabras forman un cuerpo humano o un mar. Así, en algunas páginas, ven sustituida su función principal, transmitir sentido, por la de formar figuras. En esta colaboración, tanto la escritura como el trabajo visual de deslocalizan, allí es donde aparece la colaboración entre Francisco y Ernesto, en el tercer espacio donde la estética del artista transforma la escritura del autor, y donde la escritura del autor abre una deriva estética que el artista organiza en cada página.

Francisco y Ernesto son padre e hijo. Francisco hace de Kafka y K. personajes de su narrativa. La resonancia es evidente: Kafka escribió su carta al padre, Francisco y Ernesto también están unidos por la misma filiación. Pero, justamente para honrar el vínculo entre ellos, que se extiende a Martín, hijo de Ernesto y nieto de Francisco, hay que precisar que, aunque Kafka esté muy presente en nuestra memoria como autor de su propio relato como hijo, la colaboración entre Francisco y Ernesto tiene un signo muy distinto. La carta que Franz le escribió a Hermann Kafka nunca recibió respuesta. En primer lugar, fue publicada póstumamente y, quizás, de todos modos no habría recibido respuesta, pues era el reclamo del hijo ante la crueldad paterna y la misoginia con que el padre se expresaba sobre las mujeres de las que él se enamoraba, entre otras cosas. Además, Kafka se reconocía más como un Löwy —su apellido materno— y, como ha sido señalado con frecuencia, escribía en esa carta que el verdadero Kafka era el padre, no él, a pesar de que él fuera un autor que firmaba con ese apellido.

En cambio, en este tercer espacio que forman juntos Ernesto y Francisco, cada cual, con hospitalidad, sale de su lenguaje para permitir que el lenguaje del otro intervenga en su obra. No actúa el padre-autor Alfa en dominio de la Literatura, más bien, el legado consiste en ir hacia el lenguaje del hijo y encontrarse ambos en este objeto donde la escritura aparece en cada página en función del arte visual. Qué mejor colaboración que aquella donde perdemos el control del texto para que se convierta en otra cosa a partir de la reciprocidad y de la disposición para abrirnos a la porosidad de los lenguajes que pueden transformar lo que hacemos.

Al leer y ver el libro, las superficies sobre la cual aparecen los cuentos se muestran como planos y mapas, pero no son indicaciones cartográficas. Las «indicaciones cartográficas», como sabemos, son instrucciones que se encuentran en cualquier carta geográfica, pueden ser de escala o distancia, habrá seguramente un Norte, el ícono de una cordillera, límites entre continentes y mares. Sin embargo, en el trabajo de Ernesto, los mapas y planos que se ofrecen como superficie a los cuentos de Francisco parecen estar hechos para subvertir su función de orientación y favorecer, en cambio, nuestro extravío, igual que el de los personajes.

En el bellísimo trabajo gráfico de Ernesto, cualquier signo que pudiera dar cuenta de una distancia, números, cuadrículas se subvierte, decía, para mostrarnos que los personajes de ambos cuentos se hallan en una ciudad, sí, pero sin referencias exactas. Esta es una de las líneas del trabajo gráfico: mapas para desorientarnos, planos que no dan indicaciones. Ernesto trabaja con mucha precisión en la creación de la imprecisión. Allí es donde caminan los personajes, que parecen todos poder encontrarse en cualquier momento en una ciudad indeterminada.

En el primer cuento, «Borges y Kafka», ambos personajes tienen una misión crucial: deben encontrarse tras la muerte de un emperador. Aquí aparece como subtexto «Un mensaje imperial», el opresivo cuento de Kafka en que un mensajero del emperador, que ha recibido un mensaje al oído desde el lecho de muerte de aquél, debe hacer llegar un mensaje sagrado. Su tarea se va volviendo angustiosa e imposible, pues la multitud de palacio, de la ciudad, sus muros y esquinas hacen imposible atravesarlo. De las escaleras, el mensajero debe pasar a las cortes, y de las cortes al palacio secundario, hasta darse cuenta de que la misión no se cumplirá: el palacio es un laberinto, el mensaje jamás podrá ser entregado, la marea humana y la asfixiante urbe que los humanos han construido no tienen salida.

En Borges, por su parte, sabemos cuántos cuentos y poemas le dedicó a la imagen laberinto, cómo ese símbolo en su obra se vincula al sueño, el paso del tiempo, el destino. Traigo aquí unos versos del poema que se titula, justamente, «Laberinto» para juntar a los dos personajes del cuento de Francisco, K. y Borges. Escribe el segundo:

 

No habrá nunca una puerta. Estás adentro

Y el alcázar abarca el universo

Y no tiene ni anverso ni reverso

Ni externo muro ni secreto centro.

No esperes que el rigor de tu camino

Que tercamente se bifurca en otro,

Que tercamente se bifurca en otro,

Tendrá fin.

 

En el cuento de Francisco, la misión de K. y el desorientado recorrido citadino de Borges se juntan en una aparente imposibilidad. Kafka nació seis años ante que Borges y muy lejos de él, pero no radica allí la imposibilidad. En su historia común, no hay salida, hay laberinto, idas y vueltas, extravío. Pero, en un momento dado, «K. creerá escuchar los pasos de Borges singularizándose en el caos sonoro de la abigarrada multitud». Y Borges, por su parte, creerá ser el único que escuche «la fuerza avasalladora del mensaje de K». Se cruzan entonces los universos de ambos. En el sonido de unos pasos, en la inminente pero aplazada transmisión de un mensaje.

Nunca sabremos si se encontrarán o si el mensaje será entregado, en un fascinante juego de metaficción que se juega sobre los mapas desdibujados de Ernesto, que también ha dibujado a Kafka y a Borges para que sus deambulares se encuentren. No sabremos si el escritor-personaje, K., logrará decir lo que debe, no sabremos si Borges alcanzará a escuchar lo que desea.

En otra deriva gráfica del libro, aparece la gran ballena blanca, personaje del segundo cuento, «Ahab en la ciudad». Esta ballena también se halla en la urbe. No está encallada, no ha llegado allí por una tragedia climática, como ahora sucede en el planeta todo el tiempo, cuando vemos a estos enormes y bellos mamíferos agonizando en costas a las que son arrastrados por desastres que provoca la especie humana. No. La ballena blanca habita la ciudad como si ese hubiera sido siempre su hábitat. Leo aquí un pasaje del segundo cuento, donde aparece un narrador en primera persona que ha hablado con el capitán: «Me cuentan que el capitán Ahab se para todos los días en alguna de las más concurridas esquinas del centro, mientras observa el ir y venir de la ballena en el caos del tráfico, entre los edificios, por encima del laberinto de la calles confusas y abigarradas.»

La imagen en que sitúa Ernesto a la gran ballena es un trazado; de nuevo, no es una carta náutica, sino un lugar impreciso. No es el mar indómito, sino un territorio cuadriculado, lo cual no deja de generarnos angustia, pues vemos a la ballena sujeta a un espacio urbano, terrestre, seco.

Luego aparece Ahab, su cuerpo también está trazado como un mapa. El personaje se indistingue con lo que podría ser un pavimento. Como vemos, el narrador se entera por Ahab de que la ballena transita por la ciudad. La angustia que se siente al verla en el trazado es rápidamente sustituida por otra que dibuja el universo del cuento, donde la ballena perfectamente puede vivir. Cito al narrador en este cautivador pasaje donde la ballena se apropia de la ciudad, la recorre, se convierte en una imagen del principio mismo de invención literaria: «En efecto, aseguran, es de una increíble belleza: la contraposición glacial de los edificios, las moles de hierro y cemento proyectadas al cielo y, en el interín, la quimera de Ahab, la ballena.»

La poderosa imagen de la ballena blanca, enorme, reflejada contra el brillo de los ventanales de los edificios, abre otro mundo. En él, la multitud citadina, que se renueva sin cesar y, ola tras ola, se confunde con agua. Son mares hechos de personas. El capitán, quien en Moby Dick había ocasionado enormes tragedias a causa de su persecución obsesiva de la ballena blanca, aquí es un Ahab apaciguado, observador, que parece haber renunciado a la autodestrucción como condición del dominio. En cambio, se lo observa en un montículo, pensativo, «inalterable e impertérrito», dice el narrador.

Aquí viene un momento cautivador del cuento. Este Ahab, de haber sido un joven voraz arponero, luego capitán de una flota a la que arrastra a la violencia para buscar a la ballena, está tan apaciguado que incluso se duda de que sea él: «En los rasgos imperturbables del antiguo patrón del Pequod  —el barco de Ahab, si recordamos la novela— [se] descubre otros, mucho más imperturbables o atormentados: aquellos por los cuales es posible reconocer a Bartleby el escribiente, arrastrado quizás por la marea desde alguno de los destartalados edificios de oficinas del centro…»

Ahab y Bartleby podrían ser el mismo personaje, no lo sabemos. La ciudad intensa, los edificios de oficinas, los cuerpos humanos que forman mareas sin agua y sin tocarse ni verse a los ojos, ese era el mundo de Bartleby que Melville creó como escenario donde la burocracia y la maquinización de las personas anunciaba lo que vivimos hoy: la distancia insalvable entre los humanos por vía de la indolencia. Otra vez, el agua y la marea humana se confunden y juntan aquí a esos dos personajes, sin que sepamos a ciencia cierta quién es quién, en otro juego de espejos como aquellos de los ventanales de los glaciales edificios. El Bartleby incierto también será arrastrado por la marea de la ciudad, como la ballena. Se une en esas multitudes el destino del animal humano que somos con el destino de ella, que sigue, sin embargo, en movimiento.

Uno de los mapas de Ernesto muestra a Kafka. En la parte de abajo aparece una de las pocas señas precisas de los mapas: es el Río Daule. Los juegos entre la ilustración y los textos nos sitúan entonces en donde estamos, en este país desde el cual Francisco fusiona e indistingue los universos de Kafka, el mensajero, Ahab, la ballena, Borges, Melville y Bartleby, que de formas curiosas y sutiles se vuelven tropicales transeúntes guayaquileños o chinos, pues también hay ilustraciones realizadas sobre mapas de Beijing además de Guayaquil y Quito.

Casi inevitablemente, Dos cuentos conduce a la relectura de Borges, Kafka y Melville. Su poderoso efecto ficcional hace que los personajes de cada uno de ellos se confundan sobre esos planos y mapas, lo mismo pasa con los autores-personaje. Los universos construidos en el libro de Francisco y Ernesto abren una avenida para que los personajes masculinos de signo apaciguado que describen los cuentos se encuentren en una ciudad onírica, remota y muy cercana a la vez. Parece que cualquiera de ellos fuera aparecer en las multitudes citadinas donde todes caminamos, cualquier día. A la ballena sí será más difícil encontrársela: tendremos que buscarla en los mundos de invención poética a los que es imposible renunciar si queremos seguir viéndola. (2025)

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