Rostros: Ruido y Silencio
Karla Armas
En la penumbra quieta de una galería, los rostros fragmentados de la serie Rostros: Ruido y Silencio de Ernesto Proaño me observan en silencio. Cada collage es un mosaico de miradas y gestos suspendidos, como si hubieran capturado el eco de una historia a medio contar. Veo ojos trazados en tinta negra que flotan en páginas blancas, bocas entreabiertas que insinúan palabras nunca pronunciadas. Hay ruido en cada línea frenética de lápiz y acrílico, y hay silencio en los vacíos cuidadosamente dejados entre fragmentos. La contradicción vibra: es el murmullo de la ciudad dentro de un cuarto callado, la conversación entre lo que se muestra y lo que se calla.
Rostros a retazos,
pedazos de alma pegados en el papel,
un rompecabezas de sombras y luz
que el espectador reconstruye en su pecho.
Cada obra es un pequeño universo urbano encapsulado. En estos retratos fragmentados, distingo la silueta de calles y plazas reflejadas en la curva de un pómulo, el gris del concreto insinuado en un fondo difuminado. La ciudad se cuela en los detalles: un trazo en zigzag evoca el cableado eléctrico contra el cielo, una mancha oscura parece el contorno de un edificio antiguo observando desde atrás. Son collages que mezclan lo humano y lo metropolitano: la textura rugosa del asfalto en la piel pintada, el grafiti invisible de las experiencias cotidianas marcando cada arruga y cada sonrisa. Se siente la presencia de la multitud anónima en cada rostro, aunque solo uno nos mire a la vez; llevan consigo el peso de cientos de miradas, de historias que se rozan en una acera concurrida y se pierden en la noche.
En el claroscuro de estas piezas habita una tensión palpable. Ruido y silencio conviven en equilibrio precario. Un gesto congelado en el dibujo puede gritar sin sonido; una mueca mínima contiene la calma tensa que precede al estruendo. Miro un rostro que sonríe apenas, y detrás de esa sonrisa imagino el bullicio distante de un mercado al mediodía, el ruido de risas y pregones que queda atrapado detrás de la pupila dilatada. En otro collage, unos párpados caídos esconden lágrimas secas: ahí adentro vive un silencio denso, el silencio que queda después de la música, después del aplauso o del llanto. Proaño nos muestra expresiones que son respuesta a algo invisible —cada rostro parece reaccionar a un suceso que no vemos, a un recuerdo o a un ruido ya extinguido— y así nos convierte en confidentes de ese instante suspendido.
Un rostro grita en silencio,
otro calla un antiguo estruendo.
En sus pupilas arden ciudades enteras,
ruidos lejanos que el papel volvió quietud.
Hay una nostalgia sutil impregnando la exposición, una suerte de añoranza que emana de estos personajes dibujados. Son fragmentos de memoria: al contemplarlos, es como si destapáramos viejos álbumes de fotografías donde las personas retratadas ya no están, pero sus ojos todavía nos cuentan algo. Cada trazo parece venir de un sueño o de un recuerdo borroso —como sombras que se escapan de la mente del artista—. Se adivina en ellos la influencia de historias pasadas, tal vez ecos literarios o voces de antepasados urbanos. La memoria y el olvido juegan en cada esquina del collage: un perfil difuminado podría ser el de alguien que conocimos en otra vida; una silueta recortada sobre un vacío blanco es como la huella de quien se ha marchado, el espacio que deja una ausencia. Esta nostalgia implícita nos envuelve con dulzura melancólica, haciéndonos sentir que transitamos por las calles de una ciudad familiar y onírica a la vez, poblada de sombras conocidas.
Camino por una avenida de recuerdos,
faroles titilantes iluminan perfiles olvidados.
La sombra de lo que fuimos acompaña cada trazo,
y el tiempo, por un momento, deja de existir.
La poeta en mí se funde con estas imágenes; de ese encuentro nace esta reflexión como un puente entre la pintura y el corazón. Siento que Ernesto ha dejado en cada dibujo un latido, un fragmento de vida palpitando para quien se detenga a mirar. Cada vez que alguien posa sus ojos en ellos, la muestra renace en esa mirada nueva. Es un llamado a detenernos en medio del ajetreo diario, a descubrir en esas facciones partidas y reconstruidas un reflejo de nuestras propias emociones.
Pero más allá de la técnica —poderosa y certera—, lo que conmueve en la obra de Proaño es su capacidad para construir personajes. No son meros retratos: son presencias. Con unos pocos trazos, con capas superpuestas y texturas que raspan, logra convocar personas completas, con historia, con heridas, con deseo. Es un arte que no pinta rostros, sino que los revela. Que no inventa personajes, sino que los recuerda. Ernesto pinta como quien convoca almas.
Mirarlos es sentir el ruido lejano de tus propias vivencias y el silencio compartido de comprender, por fin, que en esos collages de Ernesto Proaño también estamos nosotros: fragmentados, humanos, nostálgicos y eternos.